Libertad o igualdad. ¿Cuál privilegiamos primero para lograr un país próspero?
"La igualdad sin libertad produce servidumbre; la libertad sin igualdad puede producir privilegios. El desafío de la democracia consiste en impedir que cualquiera de las dos destruya a la otra."
Pocas preguntas han dividido tanto a filósofos, economistas y juristas como ésta: ¿qué debe privilegiar una democracia, la libertad o la igualdad?
A primera vista, la respuesta parece sencilla. ¿Quién podría estar en contra de cualquiera de las dos? Todos deseamos ser libres y todos aspiramos a una sociedad más igualitaria. Sin embargo, la historia demuestra que ambos ideales pueden entrar en tensión cuando se convierten en objetivos absolutos de gobiernos que buscan imponer ideologías políticas por encima del bienestar común.
El siglo XX ofrece ejemplos suficientes de Estados que caminaron distintos caminos de acuerdo a sus principios, ideas y conveniencias.
Los regímenes comunistas proclamaron que la igualdad económica era el valor supremo. En nombre de esa igualdad restringieron la propiedad privada, limitaron la libertad de empresa, censuraron la prensa, persiguieron a la oposición y sometieron prácticamente toda la vida social al Estado.
El resultado fue una igualdad peculiar: muchos terminaron siendo igualmente pobres o más aún que antes de la imposición de dicha ideología y políticamente impotentes para revertir el daño pues se habían vuelto improductivo y dependientes totales de sus gobernantes, mientras una reducida élite del partido concentraba privilegios, también sin producir nada, viviendo del pueblo que juraron proteger.
En el extremo opuesto, existen sociedades donde la libertad económica ha permitido enormes niveles de innovación, inversión y crecimiento, pero donde la riqueza también se ha concentrado de manera significativa. Allí surge otra pregunta incómoda: ¿puede hablarse de libertad plena cuando millones de personas carecen de oportunidades reales para desarrollarse? La tensión es evidente y demuestra que si apostamos solo por la igualdad, habrá pobreza en las mayorías y riqueza en los improductivos. Si es al revés, con una libertad absoluta social y de mercado, entonces los productivos serán millonarios y la mayoría vivirá en la medianía o pobreza.
No obstante, si observamos la experiencia histórica de las democracias más exitosas, aparece una constante: la libertad suele ser la condición que permite construir igualdad; rara vez ocurre lo contrario.
¿Por qué? Porque la libertad genera aquello que posteriormente puede distribuirse:
La libertad de emprender crea empresas.
La libertad de investigar produce innovación.
La libertad de expresión permite corregir errores del poder.
La libertad de asociación fortalece la sociedad civil.
La libertad política hace posible sustituir gobiernos ineficaces sin recurrir a la violencia.
En otras palabras, la libertad genera riqueza, conocimiento, competencia e instituciones. Después, mediante mecanismos democráticos, una parte de esos beneficios puede destinarse a reducir desigualdades.
Intentar recorrer el camino inverso ha producido resultados mucho menos alentadores. Cuando un Estado pretende alcanzar primero la igualdad restringiendo las libertades individuales, inevitablemente necesita decidir quién produce, cuánto produce, quién puede invertir, quién puede expresar desacuerdo y hasta qué información puede circular. Es decir, requiere concentrar poder. Y el poder concentrado rara vez permanece limitado.
Friedrich Hayek advertía que ninguna autoridad posee suficiente información para planificar toda una economía sin afectar la libertad de las personas. Karl Popper sostenía que las sociedades abiertas prosperan precisamente porque permiten corregir sus propios errores. Isaiah Berlin distinguía entre la libertad negativa —la ausencia de coerción— y la libertad positiva —la capacidad de realizar proyectos personales—, recordando que ambas son necesarias, pero que la segunda puede convertirse en pretexto para limitar la primera.
Paradójicamente, muchas democracias contemporáneas han comprendido esta lección.
Los países nórdicos, frecuentemente citados como ejemplos de igualdad, no construyeron primero un Estado redistributivo para después generar riqueza. Ocurrió exactamente al revés. Durante décadas consolidaron economías competitivas, instituciones sólidas, seguridad jurídica, mercados relativamente abiertos y altos niveles de productividad. Sólo entonces pudieron financiar amplios sistemas de bienestar.
No repartieron pobreza. Distribuyeron prosperidad.
En América Latina, por el contrario, con frecuencia se ha pretendido distribuir riqueza antes de crearla. La consecuencia ha sido conocida: déficits fiscales, inflación, endeudamiento, dependencia de subsidios y crecimiento insuficiente.
La igualdad obtenida mediante transferencias públicas puede aliviar necesidades inmediatas, pero difícilmente sustituye el desarrollo económico sostenido.
Sin embargo, defender la libertad no significa ignorar la desigualdad.
Una democracia auténtica no puede conformarse con decir que todos son libres mientras millones carecen de acceso efectivo a educación, salud, seguridad o justicia. La igualdad ante la ley constituye uno de los pilares del constitucionalismo moderno, y la igualdad de oportunidades fortalece, en lugar de debilitar, el ejercicio de la libertad.
El verdadero dilema no consiste en elegir entre libertad o igualdad. Consiste en decidir cuál debe ser el punto de partida. La experiencia histórica parece responder con cierta claridad: Es mucho más probable construir igualdad dentro de una sociedad libre que recuperar la libertad dentro de una sociedad que la sacrificó en nombre de la igualdad.
La libertad puede producir desigualdades que la democracia está llamada a corregir. Pero la ausencia de libertad elimina incluso la posibilidad de discutir cómo corregirlas.
Quizá por eso las constituciones democráticas suelen comenzar protegiendo libertades fundamentales: expresión, asociación, propiedad, debido proceso, sufragio y participación política. No porque desprecien la igualdad, sino porque entienden que sin ciudadanos libres ninguna igualdad puede defenderse frente al abuso del poder.
La historia, al final, deja una enseñanza incómoda: Todas las dictaduras prometieron igualdad. Ninguna permitió discutir libremente si realmente la habían alcanzado.
Esa diferencia explica por qué la libertad no es simplemente un derecho más. Es el derecho que permite defender todos los demás.
Así que, cuando te digan que todos los derechos humanos son igualmente importantes, contéstales que sí, que se requiere el reconocimiento, la protección, el respeto y el impulso a todos los derechos humanos de las personas. Pero si te preguntan cuál es el derecho que se requiere para iniciar un andamiaje social que permita el progreso de todos, elige siempre la libertad.
MORALIDADES. 17 de julios de 2026.
%2014.13.20.png)
Comentarios
Publicar un comentario