Alcohol, borrachera politica y la resaca electoral.



Mi querido México es un país donde las bebidas no son simples líquidos para calmar la sed, sino protocolarios y formales rituales sociales. 

En cantinas, en bares, en fiestas familiares o hasta en simples reuniones entre amigos, la elección de una bebida suele revelar algo del carácter de quien la pide. 

Aunque las preferencias nunca son absolutas, la cultura popular ha delineado ciertos patrones: algunas bebidas son pedidas con mayor frecuencia por hombres y otras por mujeres, ya sea por tradición, intensidad alcohólica o perfil de sabor. 

Por tipo de profesionistas o por edades también se marcan las sagradas diferencias al tomar: mientras los autollamados "estudihambres" prefieren la cubita o la cerveza (de preferencia en los famosos Botaneros), el abogado toma whisky, el médico prefiere el vino, el arquitecto es más de coctelitos y el ingeniero con un Tonayán se conforma.

En términos generales, la coctelería mexicana contemporánea gira en torno al tequila, el ron y la cerveza, ingredientes base de muchos de los tragos más consumidos en el país. 

Entre los cócteles más populares destacan la piña colada, la michelada, el mojito, la margarita y la paloma, reflejando el gusto nacional por sabores cítricos, refrescantes o ligeramente dulces.

Si algo tienen en común las bebidas mexicanas es que, tarde o temprano, llega la cruda. Y algo similar ocurrió con la reciente iniciativa de reforma electoral impulsada por el partido en el poder, Morena, en 2026.

Durante meses se anunció la reforma con la solemnidad de quien destapa una botella de tequila añejo: discursos grandilocuentes, promesas de transformación democrática y la inevitable coreografía legislativa de la mayoría oficialista. 

Pero al final, lo que parecía un brindis victorioso terminó en una mesa llena de vasos a medio terminar, comensales mala copa y amenazas abiertas del nuevo PRI siglo XXI (Morena) a sus aliados, PT y Verde.

La iniciativa naufragó entre resistencias políticas, cálculos electorales y una oposición que, por una vez, decidió no abandonar la barra antes de tiempo. 

El resultado fue una escena cantinera de sábado, en congal de mala muerte y alcohol adulterado: un montón de discursos inflamados, negociaciones nocturnas y, al final, la amarga constatación de que ni con mayoría relativa alcanza cuando la aritmética constitucional exige más grados que un tequila reposado.

Así, mientras en los bares del país se sigue brindando con margaritas, micheladas o palomas, en el Congreso quedó flotando la sensación de una fiesta política que prometía terminar en vítores y cantos del mariachi… y terminó más bien en silencio incómodo, como cuando el cantinero anuncia que ya es hora de cerrar y hay que pagar la cuenta.

Porque en política, como en la coctelería, hay una regla simple: no basta con tener la botella; también hay que saber mezclar los ingredientes. Y esta vez, a Morena se le cortó el limón antes de tiempo.

MORALIDADES. 16 de marzo de 2026.

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