Somos los elegidos de Dios.
Ganar la lotería es difícil. Que te caiga un rayo mientras cobras ese premio es casi imposible. Pero ambos eventos juntos son una certeza absoluta comparados con el ridículo, absurdo y monumental milagro de que tú estés hoy aquí leyendo esto.
A veces nos deprimimos por situaciones cotidianas, olvidando que nuestra propia existencia es el triunfo científico y espiritual más grande de la historia. Si nos ponemos estrictamente técnicos (y un poco biológicos), la frase «somos los elegidos de Dios» no es solo una bonita metáfora de fe; es una verdad matemática respaldada por una competencia brutal.
Para empezar, hablemos de números. En un escenario promedio, cada eyaculación libera entre 100 y 300 millones de espermatozoides. Para que te hagas una idea, eso es equivalente a toda la población de los Estados Unidos corriendo hacia una sola meta. Todos tus hermanos y hermanas potenciales —algunos quizás más rápidos, otros tal vez con mejor genética para las matemáticas— iniciaron la carrera contigo.
¿Y cuál era la ventana de tiempo? El coito promedio dura entre 5 y 15 minutos. En ese brevísimo parpadeo temporal, se desató un Big Bang celular. Si tus padres se hubieran distraído con un comercial de televisión, si el camión de la basura hubiera hecho ruido, o si el café se hubiera tardado un minuto más en enfriarse, el espermatozoide que te dio forma jamás habría salido. Habría sido otro el que cruzara la meta, y tú serías solo una posibilidad flotando en el limbo del cosmos.
Por si la competencia numérica fuera poca, el terreno de juego es digno de una película de acción. El óvulo no está esperando en la puerta con un cartel de bienvenida. Está resguardado en lo profundo de las trompas de Falopio, un entorno que para un espermatozoide es el equivalente a cruzar el desierto del Sahara bajo una lluvia ácida.
Millones mueren atrapados por el propio sistema inmunológico de la madre (que los ve como invasores). Otros se confunden de dirección y toman la trompa de Falopio equivocada, donde no hay ningún óvulo. El espermatozoide que te formó tuvo que ser un estratega perfecto, un nadador olímpico y tener una suerte descomunal para encontrar el óvulo en el lugar y momento exactos, justo antes de que este se desintegrara.
Cuando combinamos todas las variables —el segundo exacto del encuentro, el estado de ánimo de tus padres, la ruleta rusa de la genética y los millones de competidores eliminados—, la probabilidad de que tú nacieras es de una en 400 billones. Básicamente, estadísticamente hablando, era imposible que existieras.
Por eso, cuando la teología o la filosofía popular dicen que «somos los elegidos de Dios», la ciencia no puede hacer más que asentir con la cabeza. Fuiste seleccionado entre millones. Fuiste diseñado a través de una serie de carambolas cósmicas perfectas.
La próxima vez que tengas un mal día porque se cayó el internet o porque arruinaste la cena, mírate al espejo y recuérdate esto: eres un campeón intergaláctico. Venciste a 300 millones de rivales en una carrera de obstáculos a contrarreloj. Estás aquí porque el universo, la biología y una fuerza superior decidieron que tenías que ser tú. No desperdicies tu victoria
MORALIDADES. 24 de junio de 2026.

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