La lona en el Ángel. ¿Qué diablos nos sucede?
Han pasado algunos años y varios escritos de Moralidades, donde trato de aligerar las noticias que surgen diariamente en un México roto, dividido, violento y cómplice de la maldad, donde el foco de mi mensaje no va dirigido a la sociedad, a nuestra sociedad, y a la indolencia que se va apoderando poco a poco de nuestras relaciones comunitarias.
Y es que, dentro de todo el cúmulo de información del día de ayer, 11 de junio de 2026, hay una imagen, un video, solo uno, que retrata mejor a nuestro querido pero sangrante país que cualquier discurso presidencial, cualquier campaña publicitaria o cualquier informe de gobierno. Esa imagen retrató con crudeza algo que ocurrió en el Ángel de la Independencia.
Mientras miles celebraban bajo la lluvia un triunfo futbolístico ante un rival débil y espantado, una madre buscadora sostenía algo más que una lona. Sostenía un rostro. Un nombre. Una ausencia. Sostenía la última trinchera de la memoria frente al olvido. Entonces llegaron tres jóvenes que, por su apariencia, pareciera que tenían algo de educación, algo de conciencia, algo de estatus social alto. Este trío de malandrines no vieron una historia rota por la desaparición. No vieron años de búsqueda. No vieron una familia incompleta. Vieron simplemente un pedazo de plástico útil para cubrirse de la lluvia.
Quizá ahí radica la verdadera tragedia. No en el jaloneo. No en los insultos. No en la vulgaridad de los agresores. La tragedia está en la normalización de la indiferencia. En un país donde más de cien mil personas permanecen desaparecidas, las fichas de búsqueda han dejado de escandalizar a muchos mexicanos. Se han vuelto parte del paisaje. Un ruido de fondo. Una molestia visual que algunos prefieren ignorar mientras continúan con sus celebraciones.
La escena resulta especialmente dolorosa porque simboliza la distancia creciente entre dos Méxicos. Por un lado, el México que busca. El de las madres que recorren cerros, fosas, fiscalías y carreteras con recursos propios porque el Estado ha sido incapaz de ofrecer respuestas satisfactorias. Por otro, el México que observa el dolor ajeno como si fuera un espectáculo lejano, algo que les ocurre a otros y que nunca tocará a su puerta.
Durante años, los colectivos de búsqueda han denunciado abandono institucional, investigaciones deficientes y una crisis de desapariciones que continúa creciendo. Frente a ello, las madres han construido una autoridad moral que ningún cargo público puede otorgar. Son ellas quienes han encontrado fosas. Son ellas quienes han reunido evidencias. Son ellas quienes han obligado al país a mirar aquello que muchos preferirían no ver.
Por eso la lona arrebatada no era solamente una lona. Era un símbolo. Representaba a personas cuyo único delito fue desaparecer en un país que todavía no puede explicar dónde están miles de sus ciudadanos. Convertir ese símbolo en un improvisado impermeable fue, consciente o inconscientemente, una forma brutal de desprecio, una revictimización inhumana de quienes no aparecen y que, lo más seguro, jamás aparecerán.
El episodio me llevó a una reflexión incómoda sobre la responsabilidad de la clase política. Durante años, distintos gobiernos —federales, estatales y municipales, de diversas fuerzas partidistas— han prometido verdad, justicia y resultados. Sin embargo, las madres siguen marchando. Siguen preguntando lo mismo. Siguen cargando fotografías porque el Estado sigue sin entregar respuestas suficientes.
Mientras la desaparición continúe siendo una herida abierta, cualquier discurso triunfalista chocará inevitablemente contra los rostros impresos en esas mantas.
Lo ocurrido en el Ángel no fue solamente una falta de respeto. Fue un espejo. Y los espejos suelen ser crueles. Nos mostraron una sociedad cada vez más acostumbrada a convivir con la tragedia. Un país donde algunos ya no sólo ignoran el sufrimiento de las víctimas, sino que corren el riesgo de convertirlo en un objeto utilitario, en una molestia pasajera o incluso en motivo de burla.
La pregunta no es quiénes eran esos tres jóvenes. La pregunta es mucho más inquietante: ¿cuántos mexicanos hemos comenzado a parecernos a ellos sin darnos cuenta?
MORALIDADES. 12 de junio de 2026.
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