El mundial que nos une, el país que nos duele.

México vive días de fiesta.

Las calles se llenan de camisetas verdes, las plazas públicas vibran con las transmisiones de los partidos y millones de mexicanos vuelven a compartir una emoción colectiva que trasciende las diferencias ideológicas, económicas y sociales. La Copa Mundial de la FIFA 2026 ha llegado y nuestro país vuelve a ocupar un lugar privilegiado en la historia del fútbol mundial.

No es un dato menor. México se ha convertido en la primera nación que alberga partidos en tres Copas del Mundo: 1970, 1986 y ahora 2026. La Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey han recibido a miles de visitantes procedentes de todos los continentes, proyectando al país como un destino turístico, cultural y deportivo de primer orden.

Además, la Selección Mexicana ha contribuido a alimentar la euforia nacional. Tras sus dos primeras victorias en la fase de grupos, el combinado nacional ha dado motivos para soñar. El fútbol, como pocas cosas, tiene la capacidad de reconciliar temporalmente a una nación consigo misma.

Las expectativas económicas tampoco son menores. Diversos organismos empresariales y autoridades estimaron que la Copa del Mundo podría generar una derrama económica superior a los 60 mil millones de pesos para México, impulsada por el turismo, la ocupación hotelera, el transporte, la gastronomía, el comercio y los servicios. Hoteles llenos, vuelos saturados, restaurantes abarrotados y miles de empleos temporales constituyen parte del impacto positivo que deja un evento de esta magnitud.

Pero mientras el mundo observa los estadios, existe otro México que no aparece en las ceremonias inaugurales. Un México donde la principal noticia no es un gol, sino una desaparición.

Al cierre del primer semestre de 2026, el Registro Nacional de Personas Desaparecidas y No Localizadas supera las 132 mil personas desaparecidas. Más de la mitad de esos casos se han acumulado durante los últimos ocho años. Detrás de cada número existe una familia rota, una madre que busca, una silla vacía en una mesa y una ausencia que el Estado no ha podido explicar.

A ello se suma la tragedia de los homicidios dolosos. Desde diciembre de 2018, México ha acumulado cientos de miles de asesinatos, convirtiendo al actual periodo político en uno de los más violentos de la historia contemporánea del país. Aunque las cifras recientes muestran cierta reducción respecto de los máximos alcanzados durante años anteriores, la magnitud del fenómeno continúa siendo alarmante.

Más preocupante aún es la creciente percepción ciudadana de que el crimen organizado ha penetrado estructuras gubernamentales en distintas regiones del país. Particularmente delicados resultan los señalamientos que han alcanzado a gobernadores, alcaldes, legisladores y dirigentes políticos identificados con Morena. Corresponde a las autoridades determinar responsabilidades individuales; sin embargo, la sola existencia de estos señalamientos erosiona la confianza pública y fortalece la percepción de impunidad.

Mientras tanto, las madres buscadoras continúan recorriendo campos, brechas y fosas clandestinas con herramientas rudimentarias para localizar a sus hijos. Los maestros protestan por demandas laborales incumplidas. Los transportistas denuncian extorsiones y cobros criminales. Los productores agrícolas enfrentan condiciones adversas y falta de apoyos. Los pequeños empresarios padecen inseguridad, extorsión generalizada, burocracia y bajo crecimiento económico.

Y frente a estos reclamos, amplios sectores de la sociedad perciben una creciente distancia entre el gobierno y quienes demandan ser escuchados.

En el ámbito económico, los resultados tampoco han sido los prometidos. El crecimiento promedio del producto interno bruto durante el periodo de gobierno de la Cuarta Transformación ha sido modesto y muy inferior al ritmo necesario para transformar estructuralmente al país. La promesa de un crecimiento sostenido superior al de administraciones anteriores simplemente no se materializó.

Como si ello fuera poco, la relación con Estados Unidos atraviesa momentos de tensión. El combate al narcotráfico, la migración, el tráfico de fentanilo y las investigaciones estadounidenses sobre posibles vínculos entre actores políticos y organizaciones criminales han generado fricciones constantes. En lugar de privilegiar una estrategia diplomática enfocada en los intereses nacionales, con frecuencia el debate público se ha concentrado en la defensa política de personajes cuestionados dentro del movimiento gobernante, profundizando la polarización y deteriorando la interlocución con nuestro principal socio comercial.

México merece disfrutar este Mundial. Merece celebrar cada victoria de la Selección Nacional. Merece recibir al mundo con orgullo.

Pero también merece un gobierno capaz de enfrentar con la misma energía con la que organiza un evento deportivo los problemas que realmente amenazan el futuro de la nación.

Porque cuando termine el Mundial, cuando los turistas regresen a casa y cuando los estadios vuelvan a quedar vacíos, México seguirá enfrentando la misma pregunta que ha evadido durante demasiado tiempo: ¿Cómo puede un país celebrar una fiesta global mientras miles de familias siguen buscando a sus desaparecidos?

Esa es la verdadera final que México aún no ha logrado ganar.

MORALIDADES, 20 de junio de 2026

Comentarios