El crecimiento que nunca llegó. Como lograr ser peor que los peores.

Durante décadas, los mexicanos hemos escuchado la misma promesa en cada campaña presidencial: ahora sí vendrá el crecimiento económico, ahora sí habrá prosperidad compartida, ahora sí México aprovechará su enorme potencial. Cambian los colores de los partidos, cambian los discursos y hasta cambian los enemigos favoritos del gobierno en turno, pero la promesa permanece intacta.

Sin embargo, cuando se revisan los números con serenidad, sin filias ni fobias partidistas, la historia económica del México del siglo XXI es la historia de una nación que ha crecido mucho menos de lo que podría y debería haber crecido, con base en su riqueza, potencial y entornos internacionales propicios y no hostiles, cuando menos, hasta que México decidió defender a políticos del partido en el poder con nexos con el crimen organizado.

Vayamos por partes, como decía don Pedro, conocido en la colonia como don Pedrín, el carnicero de confianza:

El sexenio de Vicente Fox inició en medio de grandes expectativas. Después de setenta años de hegemonía priista, muchos mexicanos pensaron que la alternancia política traería consigo una transformación económica profunda. No ocurrió. Aunque el país mantuvo estabilidad macroeconómica y finanzas relativamente sanas, el crecimiento promedio anual rondó apenas el 2%. Muy lejos de las expectativas que despertó el primer gobierno de alternancia.

Con Felipe Calderón, el panorama tampoco fue sencillo. La crisis financiera internacional de 2008 golpeó severamente a México debido a la estrecha dependencia económica respecto de Estados Unidos. Aunque hubo años de recuperación importantes, el promedio sexenal volvió a situarse alrededor del 2%, insuficiente para resolver los problemas estructurales de pobreza, desigualdad e informalidad.

Posteriormente llegó Enrique Peña Nieto con un ambicioso paquete de reformas estructurales que prometían modernizar la economía mexicana. Las reformas energética, educativa, financiera y de telecomunicaciones fueron presentadas como la plataforma que impulsaría un crecimiento sostenido superior al 4% anual. Tampoco sucedió. El promedio terminó ligeramente por encima del 2%, una cifra que reflejó más continuidad que transformación.

Hasta ese momento podía decirse que México padecía una enfermedad crónica: crecía poco, pero crecía.

Entonces, llegó el sexenio de Andrés Manuel López Obrador.

Desde el primer día se prometió una transformación histórica. No una reforma, no una corrección, sino una transformación comparable a la Independencia, la Reforma y la Revolución Mexicana. El discurso oficial aseguró que la corrupción era la causa principal de todos los males económicos y que, al erradicarla, llegarían automáticamente el crecimiento, el bienestar y la prosperidad.

La realidad fue bastante menos épica.

El sexenio comenzó con una desaceleración económica incluso antes de la pandemia. En 2019, sin crisis internacional de por medio, la economía prácticamente se estancó. Posteriormente llegó la emergencia sanitaria de COVID-19, fenómeno que afectó a prácticamente todos los países del mundo. Sin embargo, la respuesta económica del gobierno mexicano fue particularmente limitada en comparación con otras naciones que implementaron programas masivos de apoyo a empresas, trabajadores y consumidores.

El resultado fue una de las caídas económicas más severas de la historia reciente del país.

Los años posteriores registraron una recuperación impulsada en gran medida por factores externos: el crecimiento de Estados Unidos, el aumento de las remesas enviadas por los mexicanos en el extranjero, la relocalización de empresas derivada del fenómeno conocido como nearshoring y la fortaleza exportadora de sectores que poco tenían que ver con las políticas gubernamentales.

Al final del sexenio, el crecimiento promedio anual fue uno de los más bajos registrados desde que existen mediciones modernas comparables. En términos per cápita, es decir, considerando el crecimiento de la población, los resultados fueron todavía más modestos. Una tragedia en términos reales.

Paradójicamente, el gobierno que más habló de crecimiento terminó entregando una de las expansiones económicas más reducidas de la era contemporánea.

Esto no significa que no existieran avances en algunos indicadores. Los programas sociales ampliaron la cobertura de apoyos directos, el salario mínimo registró incrementos importantes y la estabilidad fiscal se mantuvo relativamente controlada. Pero una cosa es distribuir recursos y otra muy distinta generar riqueza.

Ningún país se vuelve próspero únicamente repartiendo dinero. Primero hay que producirlo.

La verdadera tragedia económica del sexenio de Andrés Manuel no fue solamente el bajo crecimiento. Fue la enorme oportunidad desperdiciada. México se encontraba en una posición privilegiada para aprovechar la reconfiguración de las cadenas globales de suministro, atraer inversiones y consolidarse como uno de los principales destinos industriales del mundo. En lugar de ello, gran parte del debate nacional se consumió en confrontaciones políticas permanentes, consultas simbólicas, inseguridad, azote de los grupos criminales con impunidad absoluta (Abrazos, no balazos), polarización y discusiones ideológicas que poco aportaron a la productividad.

Mientras países asiáticos continúan creciendo a tasas superiores al 5% o 6% anual, México hace fiesta y celebra si crecemos arriba del 0.1%, ya ni soñemos con números cercanos al 2%.

Y quizá ahí se encuentra el problema de fondo. Nos hemos acostumbrado a la mediocridad económica.

Cada sexenio promete convertirse en el gran salto hacia el desarrollo y termina conformándose con no caer demasiado. Hemos reducido nuestras expectativas al punto de considerar éxito aquello que en otras economías sería visto como un desempeño apenas aceptable o totalmente mediocre.

La ironía final es que, después de escuchar durante años que el neoliberalismo había destruido la economía nacional, los resultados terminaron mostrando algo inesperado: los gobiernos anteriores crecían poco; el gobierno de izquierda que prometió cambiarlo todo encontró, casi de forma inexplicable, la manera de crecer todavía menos.

Tal vez la auténtica Cuarta Transformación no fue económica, ni política, ni social.

Tal vez consistió en demostrar que siempre es posible romper récords.

Incluso los que nadie quería romper.

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