Reflexiones de Semana Santa. Los profetas y la familia
De pronto, llega la Semana Santa. Y con ella, como cada año, una avalancha de imágenes, reflexiones, tradiciones, en un mundo que, nuevamente, ve a los humanos peleando por ver y creer de manera distinta en un mismo Ser.
Se habla de la pasión de Jesucristo, de su sufrimiento, de su muerte y de su milagrosa resurrección. Para los catolicos y cristianos es la culminación de una promesa milenaria… pero rara vez se dice algo fundamental: esta historia no empezó ahí, ni pertenece únicamente a una sola fe. Es la historia que hermana a las 3 religiones más grandes del mundo occidental (judios, cristianos y musulmanes).
Y entonces uno se pregunta: ¿por qué no nos lo han contado como es ese origen compartido, en su contexto real?
Porque si algo hay que tener claro es que el cristianismo no nació en el vacío. Viene de una tradición mucho más antigua, profundamente arraigada en el judaísmo, y a su vez comparte raíces con el islam. Las tres religiones, aunque parezca increíble hoy en día apuntan hacia un mismo origen: Abraham.
Sí, el mismo. El punto de partida.
A partir de ahí, la historia se ramifica. Y en esas ramas aparecen figuras clave que las tres religiones reconocen: los profetas. El profeta no era cómodo. No venía a quedar bien. Venía a decir lo que nadie quería escuchar.
En el judaísmo, esto es clarísimo. Figuras como Moisés, Isaías o Jeremías no solo transmitían mensajes divinos; confrontaban, exigían, incomodaban. Y entre todos ellos, Moisés ocupa un lugar que no admite discusión: es el gran referente, el mediador por excelencia, el que establece la ley.
Luego viene el cristianismo, que no rompe con esa historia, pero sí la reinterpreta de forma radical. Porque para esta tradición, todos esos profetas apuntaban hacia alguien en específico: Jesús, el Hijo de Dios.
Y aquí es donde empiezan las diferencias de fondo. Para los cristianos, Jesucristo no es un profeta más. Es el centro de todo. La culminación. La palabra definitiva. Dios Hijo, parte inseparable de la Santísima Trinidad.
El islam, por su parte, también reconoce a estos personajes. Sí, también reconoce a Moisés. Sí, también reconoce a Jesús. Pero no los coloca en el mismo nivel que el cristianismo. Para el islam, la historia continúa hasta llegar a Mahoma, considerado el último de los profetas, el cierre de la revelación contenida en el Corán.
Hasta aquí, los hechos.
Ahora viene lo incómodo.
Porque no, no estamos hablando de tres historias completamente distintas. Estamos hablando, en esencia, de una misma historia contada de tres maneras diferentes. Y aún así, llevamos siglos —sí, siglos— viendo cómo estas diferencias no solo dividen, sino que enfrentan.
Y entonces vale la pena preguntarlo, aunque incomode:
¿En qué momento una diferencia de interpretación se convirtió en motivo de conflicto?
Porque la diferencia no es menor. No es lo mismo decir que Jesús es un profeta, que afirmar que es el hijo de Dios. No es lo mismo creer que ahí termina la revelación, que sostener que aún faltaba un último mensajero. Son diferencias profundas, sí. Pero también son diferencias que, si se analizan con honestidad, parten de una raíz común.
Y eso, curiosamente, casi no se dice.
Se prefiere simplificar. Se prefiere dividir. Se prefiere, muchas veces, ni siquiera entrarle al tema.
“¿Para qué te metes?”, “cada quien su fe”, “no opines de religión”.
Las frases son conocidas.
Entender no es atacar. Cuestionar no es faltar al respeto. Y hablar de lo que se sabe —con fundamento, con respeto, con apertura— no debería ser motivo de incomodidad, sino de crecimiento.
La Semana Santa, más allá de la tradición, podría ser justo eso: una oportunidad para entender mejor de dónde viene lo que creemos. Para reconocer que Jesús, que hoy ocupa el centro de millones de reflexiones también es reconocido —de otra manera— por el islam, y que su historia no se entiende sin el contexto judío del que surge.
No se trata de diluir diferencias. No se trata de decir que todo es lo mismo. Porque no lo es.
Se trata, más bien, de algo mucho más básico: decir las cosas completas.
Y quizá, si algo tienen en común los profetas —esos que incomodaban, que señalaban, que no se quedaban callados—, es precisamente eso: no evitaban la conversación difícil.
Hoy, en tiempos donde opinar parece un riesgo y profundizar casi un lujo, tal vez valga la pena hacer lo contrario.
Hablar. Pero hablar con fundamento. Escuchar. Pero escuchar de verdad.
Y entender que, en una historia que empezó como familia, el mayor error ha sido comportarnos como extraños.
Y que cuando todos sepan que compartimos origen, sabiduría, promesa, fe y esperanza en un mismo Dios, en un mismo camino milenario, ya no nos veremos como enemigos, sino como humanos cobijados por la misma sombra divina, como hermanos.
Desde mi fé cristiana pido a Dios que nos ilumine, proteja y bendiga a todos: cristianos, judios y musulmanes y a todos a quienes creen en un poder superior, pues, al final, estamos alabando y creyendo en el mismo Ser que nos creó, solo que en nuestra limitada visión humana, lo vemos con ropajes distintos.
MORALIDADES. 1 de abril de 2026.

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