Saber o no saber, he ahí el problema
No olvidemos nunca que un libro, un lápiz, un niño y un profesor pueden cambiar el mundo. Eso comentó hace algunos años Malala Yousafzai, activista paquistaní por la educación
La frase con la que inicio el presente trabajo de reflexión describe, para mí, el poder de transformación y de cambio que un maestro puede ejercer en el ánimo y en la mente de sus alumnos.
Nuestra responsabilidad es enorme, pues depende de nosotros el impulsar o destruir las metas y sueños de cada persona que acude a aprender a las aulas donde realizamos la labor docente.
Tiene ya poco más de 20 años que empecé a dar clases en la Universidad Veracruzana, a nivel superior, así mismo, durante breves períodos de tiempo impartí cátedra en diversas escuelas de bachilleres en Xalapa y tuve el agrado de ser docente en una Universidad privada de la región, pero apenas estoy en el camino de convertirme en un verdadero profesor: quien domina la disciplina, la didáctica, las TIC y las competencias socioemocionales, para poder brindar a los alumnos una educación de calidad (reforma constitucional de 2013) o de excelencia (reforma constitucional de 2019).
Y entre todo lo que he aprendido en estos últimos 5 años la parte de la evaluación es la que todavía me falta profundizar, para mejorar mi planeación didáctica en las Experiencias Educativas que tengo a bien impartir en la Facultad de Derecho, modalidad escolarizada.
Para poder definir o establecer un concepto propio de evaluación, primero trataré de contextualizar la forma en que me evaluaron a mí. En la época en que inicié mis estudios de primaria (en aquel lejano 1976), en una escuela particular incorporada en la ciudad de México – antes Distrito Federal – con el nombre de “Heraldos de México”, me tocó un sistema casi totalmente tradicional de enseñanza.
Los "teachers" se basaban mucho en las estrategias de cátedra magistral y dictado. Eso nos hizo adquirir habilidad para la memoria, para la lectura y comprensión de textos y para escribir sin errores ni horrores ortográficos o pífias gramaticales. Todos respetabamos las reglas propias de un idioma tan vasto y rico, que no había necesidad de deformarlo en nombre de una inexistente y falsa inclusión.
Los exámenes eran teóricos, la mayor de las veces escritos y de preguntas abiertas – o preguntas tema. Nunca se me aplicó una evaluación cualitativa como tal, hasta que ingresé a la maestría en Derecho Constitucional y Juicio de Amparo, en el 2006. La calificación, por ende, dependía mucho de cómo le “caías” al maestro; ni siquiera era una cuestión de empatía, sino de selección y discriminación de los alumnos por parte de quien impartía la clase. Por obvias razones, jamás me entregaron un encuadre ni me pidieron mi opinión respecto del curso o cómo se me iba a calificar.
En secundaria y bachillerato (éste último ya en Xalapa, en el Colegio Preparatorio, mejor conocido como la Juárez) tuve la oportunidad de exponer algún tema que el maestro me asignaba; iba a comprar una monografía a la papelería y elaboraba mis cartulinas y acudía a la biblioteca de la ciudad o a la de la propia escuela para obtener información. Al terminar la exposición, me pedían que me sentara sin que hubiera retroalimentación alguna de mis maestros (Exacto, en ese entonces no existía siquiera la idea de Wikipedia o el cúmulo ilimitado de información al alcance de un click.
En la Universidad no hubo cambios sustanciales. El 90% de mis profesores no lo eran de tiempo completo y en muchas ocasiones la enseñanza era solo el complemento de la quincena. Pocos doctores y maestros, pero muchos eran litigantes en activo, lo que siempre agregaba un plus a las clases, por la anécdota expontanea respecto de un tema a tratar.
Hoy en día, con más de 20 años como profesor universitario, me puedo percatar de algo: el joven alumno sabe movilizar conocimientos para resolver problemas, pero ha perdido la capacidad de razonar y crear cosas nuevas. Al reducir la memorización, hemos bajado el nivel de comprensión de lo que ocurre alrededor. Hoy que podemos acceder a todo el conocimiento del mundo, somos más propensos a ser manipulados y manipulables.
Hay estudios que indican que, al parecer, esa pedagogía que despreció a la memoria y a la lectura y comprensión de textos, ahora se está investigando y concluyendo que sí es importante y necesaria para un buen desarrollo cognitivo de los jóvenes en su futuro académico y profesional.
Pero eso no es todo. A pesar del cúmulo avasallador de información a la mano, la gente requiere de potenciar su capacidad de descubrir la verdad, sepultada a veces en un mar de mentiras o verdades a medias, y para ello necesita de buen juicio y un desarrollo de pensamiento lógico y estructurado, que no se adquiere con el estilo de enseñanza aprendizaje actual.
Y ahí. apreciado lector, los docentes formados en esa generación a la que se le puso la letra X, como si fuéramos mutantes (por los X Men) tenemos una ventaja por sobre los docentes de otros grupos etarios. Nos tocó vivir la educación de nuestros padres, los Baby boomers, rígida, estricta, un poco rupestre, cargada de memorización y repetición a la náusea de conceptos y significados. Se nos empujó a comprender cada párrafo, cada artículo, cada libro, cada compendio a cabalidad. No había mucho espacio para la creatividad y el ingenio, que cultivamos en nuestros ratos de ocio, que no eran muchos por cierto, en esos ayeres tan nostálgicos.
Pero también nos tocó la revolución tecnológica y el cambio de paradigma educativo. Tuvimos que aprender que la verdad y la razón tienen que convivir, hombro a hombro, con las percepciones propias de cada persona que comparte el espacio social con nosotros, sin importar lo fantasiosas que estas percepciones sean.
Nos tocó pasar de la máquina de escribir a la computadora, al móvil (o celular), a las tablets, a los programas, a Adobe, a Word, Power Point, Excel, Drive, al apunte a través del dictado, al copypaste, que le dió el título a una actual ministro de la Suprema Corte, de nombre Jazmín. Se crearon Inteligencias Artificiales, las más conocidas: Chat GpT, Grok, Genially, Nova, Chat On y muchas otras que son usadas, en mi trinchera como profesor, para hacer tareas, responder ejercicios, crear presentaciones y hasta hacer protocolos de investigación, limitando aún más la capacidad de los estudiantes a pensar.
Y digo que tenemos ventaja, porque los de mi generación entendemos que toda esa tecnología y avances son fabulosas herramientas didácticas, pero jamás nos podrán sustituir en el proceso de enseñanza-aprendizaje. Que es un apoyo fantástico para potenciar nuestra expertise, nuestra capacidad, nuestra calidad como maestros.
Hoy, yo ya no enseño como me enseñaron, pero guardo muchas técnicas de ese pasado estudiantil, mismas que, mezcladas con las herramientas actuales, han logrado amalgamarse para poder decir, al fin, que sí es posible brindar calidad y excelencia hasta en las universidades públicas, quitando dicho monopolio a monstruos como el ITESM o la Anahuac.
Y es, precisamente, en el rubro de la evaluación, propia y de conocimientos, donde ese aumento en la calidad del servicio educativo debe empezar a destacar. Si bien la memoria es vital, hay que establecer instrumentos de validación de habilidades en los jóvenes a través de exámenes que, más que repetir conceptos y teorías, buscan potenciar su capacidad de resolver problemas que, en el futuro, se le presentarán diariamente.
Así que, si eres docente, estudiante o solo un lector de este servidor, debes tener claro algo que, por cierto, es la clave para mejorar todo lo que se requiere mejorar y cambiar el rumbo hacia un estadío más placentero, empático y respetuoso en nuestra sociedad: Entre más se sabe, menos se padece. O, dicho de otro modo: La ignorancia jamás será mejor que el conocimiento.
MORALIDADES. 15 de octubre de 2025.

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