Evaluar para saber. Clave para huir de la ignorancia y el fanatismo


Continuaré  con  mi  reseña  sobre  cómo  he  aprendido a evaluar de una forma más pedagógica a mis alumnos y cómo la evaluación es parte vital para una educación de calidad:


Resulta que, después de la preparatoria, ingresé a la Universidad Veracruzana, donde estudié la Licenciatura en Derecho. El proceso de enseñanza no varió mucho a los 12 años anteriores, aunque sí existían actividades como los debates, corrillos, mesas redondas, talleres procesales, ensayos, investigaciones de campo, dramatizaciones, pero teniendo como base la evaluación cuantitativa al final del semestre, oral o escrita con – nuevamente – preguntas abiertas. 

Muchas injusticias conocí y viví en esa etapa de vida estudiantil: Calificaciones no merecidas; "profesores" que te pedían dinero para obtener una calificación y autoridades que los protegían; me tocó conocer la última etapa del porrismo en mi escuela y los coletazos de moribundo de esos parásitos violentos pagados por el propio sistema (mismo que terminó por repudiarlos y desaparecerlos). Al final, concentrado en mis estudios, pude lograr una carrera que me permitió enfrentarme al mundo laboral de forma adecuada.
                    
En mi maestría en Derecho Constitucional y Juicio de Amparo en 2006, conocí por vez primera, de manera constante, las evaluaciones con exigencias teóricas, heurísticas y axiológicas, a través de trabajos en equipos – ahora trabajos colaborativos.

Y en la Maestría en Educación Media Superior de 2018, casi todos los profesores nos entregaron encuadres, contenidos de los cursos y tipos de evaluaciones; se nos permitió (en pocos casos, debo reconocer) interactuar en plenaria con el catedrático para establecer los porcentajes de los criterios  a evaluar; el estilo de evaluación fue ya de corte más cualitativo que cuantitativo; solo un maestro nos puso un examen, que respondimos a libro abierto y de manera grupal. 

En 30 años, el tipo de enseñanza e instrumentos de aprendizaje y evaluación habían cambiado radicalmente; el estudiante de 1989 o anterior, ahora como profesor, tuvo que reorganizarse mentalmente para poder afrontar los retos de un alumno de 2018; la multiplicidad de herramientas con las que se cuenta actualmente son inconmensurables y el límite para crear ambientes áulicos adecuados es la propia imaginación de cada docente.

Esta experiencia fue un golpe directo a mi percepción de lo que un maestro es y lo que un maestro ya no puede seguir siendo, en un contexto universitario donde, la gran mayoría todavía, sigue enseñando como antaño el siglo XX.

El docente hoy día debe buscar que los estudiantes adquieran habilidades para la vida, para su profesión, para sus relaciones sociales y familiares, para ser útiles a su entorno de vida, capaces de transformarlo para bien de todos.

 

Creo que, al pensar en las evaluaciones, sumativas o formativas, debemos ser ambiciosos y lograr no solo que el alumno conozca, comprenda y aplique lo aprendido para solucionar un problema o resolver correctamente una evaluación; ésta última debe incluir una fuerte carga axiológica y además debe confrontar, ser un reto para el alumno, de manera que vaya robusteciendo su inteligencia emocional, en cuanto al manejo adecuado de sus sentimientos, que aprenda a trabajar en colaborativo, con respeto, empatía, asertividad, escucha activa, tolerancia y liderazgo.

 

Los objetivos serían, a mi parecer:

 

1.  Lograr que cada estudiante aprenda, de forma significativa y visible, el contenido del curso;

2.    Que dicho aprendizaje lo lleve a cabo fortaleciendo sus valores y principios;

3.    Que además le permita crecer en su desarrollo socioemocional y tecnológico; y

4.    Que se obtenga un puntaje para cumplir con el sistema educativo.

 

Pero voy más allá. Con lo que hasta ahora conozco del tema, evaluar es un proceso continuo y permanente que, como el aprender, no puede detenerse.

 

Para Patricia Frola (2015: 10) evaluar es un proceso destinado a obtener información sobre un fenómeno, sujeto u objeto; emitir juicios de valor al respecto y, con base en ellos, tomar decisiones tendientes a la mejora de lo que se evalúa. 


Pero, en realidad, ¿para qué evaluamos?

 

Evaluamos para crear un plan de clase, evaluamos para conocer saberes previos, evaluamos cada que queremos saber si los insumos que estamos dando a los alumnos en verdad les están dando las habilidades y competencias disciplinares y genéricas necesarias para un aprendizaje significativo; evaluamos para asentar una calificación, pues es un requisito y obligación institucional; evaluamos para comprobar si el alumno puede hacer visible su grado de aprendizaje.


Hoy en día, yo lo que hago es utilizar las herramientas con las que aprendí, junto con todas las que extisten para el Modelo Educativo del siglo XXI, para que los jóvenes eduquen su memoria y su razonamiento y comprensión de lo que ven, lo que oyen y lo que sienten, sin perder esa capacidad para movilizar sus habilidades y resolver problemas en todos los ámbitos de su vida.


Trabajos a mano, aunque lo terminen copiando de ChatGPT, ejercita su capacidad motriz y su memoría, mezclados con elaboración de videos originales y creativos en trabajos colaborativos, exámenes de opción múltiple con breves situaciones o problemas de caso para que razonen logicamente y resuelvan por la mejor opción de las propuestas.


La autoevaluación también es importante, para ellos y para mí. Te obliga a hacer una introspección profunda, seria, honesta y racional sobre qué tanto valió tu esfuerzo y qué cosas hay que mejorar todavía. 


No prohibo las TICs ni el apoyo de la Inteligencia Artificial sino todo lo contrario: les enseño a obtener respuestas fundadas y motivadas de la IA, haciendo las preguntas adecuadas y con el rigor necesario para un nivel universitario. 


Sé que vienen de una educación permisiva que hace que no ve el plagio o la ayuda externa a sus estudiantes, pero qie tampoco enseña a los alumnos a aprovechar al máximo el potencial inigualable del conocimiento al alcance de saber cuestionar y preguntar. 


Y ¿cómo aprenden de ello? Es tan simple: Solo les pido que entreguen el trabajo a mano, de puño y letra y que lo lean ante el grupo. Con eso, aprenderán del curso y de muchas cosas más, como escribir sin horrores ortográficos.


Espero que, al final, todos entendamos que la evaluación no es un requisito administrativo tedioso o estorboso (hay gente muy obtusa exigiendo que se eliminen los exámenes para no "estresar" de más a los pobrecitos estudiantes). 


La evaluación es un engranaje vital en el proceso de enseñanza y aprendizaje que todos deberíamos conocer, entender, crear un estilo y aplicarla para mejorar el nivel de aprendizaje al joven estudiante.


Ojalá les haya gustado esta reflexión y compartan, pues la única forma de combatir a la ignorancia y al populismo es leyendo, aprendiendo y comprendiendo mejor el mundo en que vivimos todos.


MORALIDADES. A 20 de octubre de 2025


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